Mujer acampando en el salar de Uyuni

Viajar por el mundo sola con mi bicicleta

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“¿Sólo una?”, me pregunta con el dedo pulgar estirado y las cejas arqueadas con los brazos abiertos en signo de interrogación.

Arjin es un pastor más de los muchos que me he encontrado en la travesía por el Cáucaso. El día anterior había dormido a las faldas del volcán Armaghan (Armenia) y, por la mañana, empujado mi bicicleta por unas cuestas infinitas llenas de piedrones para llegar a su cumbre, donde me tomé el día libre y pasé la noche en la ermita que queda en su parte más alta.

Mujer ciclista mirando pastizal
Ana Zamorano Ruiz

Aquel día, como la mayoría, hubo tormenta eléctrica y agradecí tener techo y poder dormir tranquila. “Pocas veces en ruta tengo más agua que comida”, pensé a la mañana siguiente cuando, al despertarme, vi que las cucarachas se habían comido un pan de nueces que una familia me había regalado el día anterior. No tenía desayuno y tampoco mucha hambre así que, después de recoger mis cosas, comencé a deshacer el camino cuesta abajo.

A primera hora de la mañana, antes de que el sol comience a pegar fuerte, los pastores mueven sus rebaños a tierras más altas en busca de mejores pastos. Y, ahí estaba Arjin con sus treinta ovejas. Nos comunicamos, como va siendo ya normal, mediante gestos; el lenguaje no verbal acaba siendo mucho más expresivo en lo que concierne a las clásicas preguntas de viajar sola. Me señala su pueblo a lo lejos.

A mano izquierda, a un lado del camino, dejo la bicicleta con la intención de sacarle unas fotos con sus animales, pero no quiere. Sólo me toma del brazo, y hace que me siente para, acto seguido, abrir un petate que carga con un trozo de queso fresco, pan armenio, tomate y pepino. Su radio sigue sonando y se suele levantar de vez en cuando para que el rebaño no se le desmorone.

– Armenia, ¿niet problem?, me pregunta interesado.

– Niet problem!, le respondo efusivamente alzando el pulgar en símbolo de OK mientras pienso en mi primera noche en el país.

En noches como aquella –que, por suerte han sido muy pocas- acepté la invitación a acampar al lado de una gasolinera ambulante ante la imposibilidad de encontrar un sitio mejor. Reconozco que me demoré en la frontera con Irán, sin embargo, trato de entender que la situación no es culpa mía sino de un hombre que, tras unos chupitos de brandy ha querido tocar la puerta de mi tienda de campaña en busca de sexo y no he podido dormir en toda la noche pensando en qué hacer si a la siguiente no pide permiso. Por suerte, con el primer rayo de sol salgo pitando de aquel lugar preguntándome si todos los hombres armenios serían así. El tiempo y las experiencias en el país me fueron diciendo que obviamente no.

El eterno cuestionamiento de viajar sola

Mujer ciclista en el Parque Los Nevados en Colombia
Ana Zamorano Ruiz

 “Ana, pero ¿no tienes miedo?” me preguntan muchas veces con los ojos y la boca abierta. La cuestión es que me lo cuestionan muchas mujeres y hombres, de aquí y de allí. Al parecer en Europa, se piensan que en los países de allí –Asia, América Latina, África- abunda la mala gente. Y, al revés, la gente local de los países de allí me advierte de los peligros que puedo llegar a tener como mujer sola en su propio país. Si bien es verdad que el miedo es una emoción humana y es razonable sentirlo, no me gusta que envuelva y se apodere de mi día a día y mis pensamientos mientras trato de conocer culturas, diversidad y paisajes sobre una bicicleta. De lo contrario no hubiera conocido ni a Arjin ni a los cientos de personas que me han abierto las puertas de sus casas y corazones a mi paso.

La anterior pregunta siempre va acompañada de un “pero ¿en serio no te ha pasado nada?”. Y realmente, esperan la respuesta con verdadera ansia. Es irónico que, pese a que me hayan pasado cosas negativas por el simple hecho de viajar sin una figura masculina, el cerebro trate de borrarlas como si nunca hubieran ocurrido. Tal fue mi impresión ante esto que en una de esas tardes acampando muy pronto busqué una respuesta a esto en internet y, es que el cerebro trata de borrar todas aquellas experiencias negativas resaltando las positivas como manera de protección. Por esto, cada vez que me he cruzado con otra cicloviajera en ruta – tres veces- y hemos compartido historias, sentimientos y vivencias acabo anonadada conmigo misma porque pienso “¡eso también me pasó a mí y no me acordaba!”

Si me pongo a buscar en el baúl de los momentos donde he pasado miedo porque intuía un peligro cercano, inconscientemente mi cabeza arma planes b, c, d, f en cuestión de segundos para escapar de ellos sin levantar mucho polvo. Me puedo visualizar repitiéndome “todo va a salir bien, todo va a salir bien, todo va a salir bien…” por dentro intentando calmarme.  Y mucha gente pensará “esta chica toma demasiados riesgos”. Sin embargo, yo les respondería que, en esos días donde todo se torna gris y cuesta ver las cosas positivas, aparece esa fuerza mayor que te recuerda lo que te mantiene en ruta haciéndote más fuerte y brindándote la oportunidad de conocer personas llenas de buena intención.

Ganarle al miedo de viajar sola

Ciclista en el trampolín de la muerte
Ana Zamorano Ruiz

En Argentina o en Armenia podría haber cancelado el cruce a Los Andes o el Cáucaso por miedo, sin embargo, la magia de la ruta hasta el momento siempre ha sido superior. Cuando algo malo me ha pasado, siempre hay algo bueno que lo compensa y termina de sacarme una sonrisa. Ganar al miedo, ganar a esas paranoias mientras acampas o mientras te adentras en un bosque. Nadie me dijo que unos hombres cortando leña en un bosque de Svanetia (Georgia) me darían unos tomates que salvaron los crujidos de mi tripa o el arroz con zanahoria que cociné con Aurora, la única señora que vive en Tunupa (Bolivia). Hay una fuerza mayor que se hace grande con una mezcla entre seguridad en una misma, valentía, fuerza mental y coraje para salir y comerte la ruta y sus gentes, poco a poco.

Después de dos años sobre una bicicleta y más de una década viajando sola, reconozco que sí ha habido ocasiones en las que he sentido miedo. Sin embargo, como mujer podría amoldar este sentimiento al de la incertidumbre, nunca sabes cuándo te vas a encontrar con el momento equivocado. El miedo no ayuda, sino que bloquea, termina de atrapar las ganas, la magia, y sobre todo, la posibilidad de disfrutar de los paisajes y sus gentes. Con esto hay que lidiar a diario y, aunque me duela decirlo, no bajar la guardia en ningún momento.

¿Y su marido? ¿Y las guaguas?

Cholitas sentadas en plaza
Ana Zamorano Ruiz

Fueron, sin duda, las preguntas más repetidas en mi paso por Latinoamérica. Pero, ¿cómo le explicas a una señora indígena del altiplano boliviano, del Irán más rural o de la franja volcánica de Ecuador que no necesito ni tengo una figura masculina para poder completar la travesía? Muy fácil, así de simple. A veces también está bien mostrar a otras mujeres de otras culturas diferentes que, aunque tenga 25 años, he elegido a un marido de dos ruedas que carga unas alforjas con lo básico, pero, sobre todo, unas alas para volar libremente.

Consejos para mujeres que quieran viajar solas:

  • Estar seguras de sí mismas cuando vayan a dar el paso. Que el miedo no envuelva la aventura. Podéis antes de hacer un viaje largo, ganar seguridad en una micro aventura y empezar a enfrentarse a una misma y los demás en un lugar conocido ¡Veréis que el 99% de cosas que os pasen serán positivas!
  • Acampar lo más lejos posible de la carretera, en algún lugar, a poder ser, donde puedas encontrar algo que cubra tu tienda; véase árboles, matojos…
  • Escucha a tu intuición. Si algo o alguien te da mala vibra, aléjate lo más pronto posible de forma cordial sin levantar mucha sospecha.
  • Adaptarse a las normas/códigos de cada país. Rara vez me he sentido cómoda (a vista de los demás) viajando con unos culotes clásicos de ciclismo. Ni qué decir de llevarlos por ejemplo en Irán, donde las mujeres tenemos completamente prohibido mostrar algo más allá de manos y cara. Normalmente visto un pantalón y camisa anchas para que no se me note la forma del cuerpo pues me siento más cómoda y segura.