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Casas antiguas en Tor

3 rutas transfronterizas en bicicleta por Cataluña

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Es curioso como una simple línea que separa dos países en un mapa puede provocar historias tan diferentes y en distintas épocas. Las fronteras no solo delimitan los países, sino que llevan consigo historias de batallas, conflictos, exilios, delincuencia o contrabando.

A partir de 3 rutas ubicadas en distintos sitios de la frontera catalana, explicaremos algunas de las historias que pasaron por aquellos mismos caminos que ahora podemos recorrer en bicicleta. Disfrutar de los paisajes de los Pirineos a dos ruedas es impresionante, pero, poder conocer las historias que se esconden en sus valles, es aún más interesante. 

Trece casas y tres asesinatos – Valle de Tor

Tor es un pequeño pueblo situado en la Vall Ferrera, en el Pirineo Catalán, pero se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con Andorra. Situado a 1649 metros de altitud, Tor, es uno de los pueblos más altos de todo el país.

Hoy en día, hay registrados unos 14 habitantes, pero la mayoría de ellos cuando llega el invierno se trasladan a los pueblos o ciudades colindantes con altitudes inferiores. El acceso al pueblo durante el invierno es muy difícil, ya que las pistas forestales que conectan con la frontera con Andorra o con el pueblo de Alins, se cubren rápidamente de nieve y hace que prácticamente pasen entre 5 y 6 meses incomunicados. Durante estos meses solo es posible transportarse con motos de nieve, esquís, etc.

Antigua iglesia y ciclista en Tor

El hecho de estar aislados durante tanto tiempo, hace que el pueblo de Tor conserve viejas costumbres y tradiciones que parecen hasta medievales. Pero si algo ha hecho que en los últimos 30 años el pueblo de Tor sea más conocido y reciba más visitas, no solo es por su belleza y por las tradiciones mantenidas, sino por 3 asesinatos muy descabellados. Dos de ellos pasaron en 1980 y el último en 1995.

Todos los asesinatos parecen tener un motivo común, pero ninguno de ellos se ha resuelto y aún a día de hoy no se sabe quién o quiénes los cometieron. Todo se inicia en 1896, cuando las 13 familias que vivían en Tor se convirtieron en dueños colectivos de la montaña, pero unos 100 años después, quisieron hacerse con la totalidad de la propiedad para poder construir una estación de esquí.

Olga en el bosque de Tor

Este aspecto provocó disputas y conflictos entre los vecinos, y sobre todo entre las casas con más nombre del pueblo, casa Sansa y casa Palanca. De hecho, los propietarios de estas dos casas en esos años de conflicto llegaron a tener “guardaespaldas” que no eran más que delincuentes que necesitaban un pueblo aislado para poder esconderse de los delitos que habían cometido.

En 1995, meses después de que un juez diera la propiedad única a Sansa, éste apareció muerto en su casa. Tras años de investigaciones policiales, documentales en el área, periodistas viviendo en el pueblo, hasta hoy, se desconoce qué pasó durante esos años. Entre las calles de Tor se esconden muchos secretos y misterios, pero no creo que nosotros 3 podamos resolver ninguno de ellos visitándolo en bicicleta.

Ruta de Las Trece Casas en bicicleta

Pasamos la noche durmiendo en la furgoneta aparcada en Coll de Cabús, justo en la frontera entre Cataluña y Andorra. No pudimos descansar mucho, ya que a media noche nos despertó un fuerte viento que producía un ruido terrorífico y que movía la furgoneta de un lado a otro. Mientras estábamos en la cama de la furgoneta pensamos: “Será la fuerza de Tor que nos avisa del día que nos espera?”.

Con menos de 4 horas dormidas, decidimos empezar a montar las bicicletas con el equipaje antes de que saliese el sol, ya que las previsiones meteorológicas marcaban lluvia por la tarde. Al iniciar desde la cima de un puerto de montaña esta ruta inicia de una forma muy poco habitual, en bajada.

A pesar del frío, pudimos ver como los primeros rayos de sol del día empezaban a iluminar las cumbres de las montañas, y finalmente, los valles. Un espectáculo que pudimos disfrutar al completo debido al poco esfuerzo que requería el primer tramo.

Una vez en el fondo del valle, después de cruzar ríos y poder pedalear al lado de caballos que cabalgan asustados ante nuestra presencia, llegamos a Borda d’en Palanca. Una borda es una edificación típica de los Pirineos que se utiliza para resguardar el ganado o para guardar herramientas agrícolas. A partir de esta borda, empieza una subida progresiva y constante que se hizo más dura debido a que empezó a llover.

Olga y Anna en maquina excavadora

La predicción del tiempo falló, en la montaña debes ir bien equipado en todo momento, ya que la meteorología es muy cambiante. Aun así, el hecho de poder pedalear escuchando los truenos resonando entre los valles es una experiencia que en un primer momento te produce miedo, pero que después recuerdas con un buen sabor de boca y como una gran aventura. Entre la niebla, los truenos y la lluvia constante e intensa crearon un ambiente mágico y a la vez terrorífico que nos preparaban para la llegada al pueblo que tantísimas veces habíamos escuchado sus historias y asesinatos.

La primera casa que te encuentras al llegar al pueblo es Casa Sansa, la del crimen de 1995. Justo al lado de Casa Sansa se encuentra Casa Sisqueta, un pequeño restaurante muy tradicional que ofrece comida a los visitantes y a los locales de la zona. Gracias a su chimenea, pudimos coger temperatura y secar la ropa que teníamos empapada después de la tormenta. Un café caliente y un trozo de pastel casero fueron suficientes para recuperar fuerzas y seguir con la ruta.

Para los más valientes (o a quien no le cueste subir cuestas con la barriga llena), en el restaurante se pueden hacer “desayunos de tenedor”, es decir, comer huevos fritos, embutidos de la zona y carne a la brasa.

Disfrutando de la chimenea en Tor

Una vez visitado el pequeño pueblo y la iglesia, toca subir por una pista forestal que debido al barro producido se hace mucho más dura de los que es. La tormenta ya había parado y los primeros rayos de sol que aparecen permiten ver los colores del paisaje. Sin darnos cuenta, ya estábamos en Borda d’en Palanca. Desde allí ya puedes ver el punto de inicio, el Coll de Cabús, pero todavía nos queda una subida importante.

La mayoría de las pistas forestales se mantienen en buen estado. Estos mismos caminos se utilizaron durante muchísimos años para el contrabando de todo tipo de productos, principalmente tabaco procedente de Andorra. Los contrabandistas aún se desplazan de noche, en todoterrenos con las luces apagadas para evitar ser descubiertos por la policía. Aunque sigue habiendo contrabando, la actividad se ha visto reducida en los últimos años.

Llegamos al punto de partida y dejamos atrás una magnífica ruta llena de misterio e intriga.

Cruce de arroyo en Tor

Los Caminos del Exilio – Molló

Entre el 27 de enero y el 13 de febrero de 1939, unas 95.000 personas atravesaron la frontera pirenaica por el Coll d’Ares, huyendo de los franquistas que iban avanzando y tomando Cataluña. Ancianos, mujeres, niños y soldados republicanos se vieron obligados a cruzar la frontera dejando atrás su familia, su hogar, sus amigos y sus pertenencias, para buscar en Francia un nuevo lugar donde empezar una nueva vida después de la derrota republicana.

El frío del invierno hizo que este exilio se volviera mucho más duro y trágico. Los fotoperiodistas del momento pudieron retratar ríos de gente trasladándose hacia Francia con una o dos maletas por familia, con poca ropa de abrigo teniendo en cuenta las bajas temperaturas de esos momentos. Dejaban atrás sus vidas y empezaban una época en exilio llena de añoranzas. 

Poder recorrer estos mismos trayectos que forman parte de la historia de tu país, te permite ponerte por unos instantes en la piel de todos aquellos que quisieron buscar nuevas esperanzas en Francia.

Ruta de Los Caminos del Exilio en bicicleta

Empezamos la ruta desde Molló, un pueblo situado en la Vall de Camprodon. Entre las casas de piedra del pueblo, destaca la monumental iglesia románica de Santa Cecília de Molló, construida a finales del siglo XII. El recorrido comienza bajando un pequeño tramo de carretera hasta llegar al río Ritort.

Cruzamos el puente y empezamos una subida constante y larga que nos llevará hasta una zona de prados alpinos con una edificación en ruinas, la Casilla dels Carrabiners. Originalmente, esta edificación fue construida en 1920 para albergar a cinco guardas y sus familias, pero las duras condiciones climáticas hicieron que se trasladasen al pueblo de Molló. Después, durante muchos años esta edificación sirvió como sitio de vigía y control hasta que en 1960 se abandonó completamente.

Ahora solo quedan unos pocos muros de pie, un buen sitio donde poder descansar de la subida y poder observar las maravillosas vistas. En este punto empezamos a ver señales e indicaciones del “Camí de la Retirada”, ese camino que utilizaron los soldados republicanos al retirarse ante las tropas franquistas. Solamente queda una ascensión importante hasta llegar a Coll d’Ares, el punto más alto de una carretera transfronteriza que tiene en ambos lados monumentos y placas en recuerdo a los refugiados.

Llegados a este punto entre los dos países, es posible imaginarte la cantidad de gente que pasó por ese mismo sitio a principios de 1939. Justo al lado de la señal que indica el inicio de Francia y de los Pirineos Orientales, se encuentra un tramo de bajada bastante técnico que debido a la dificultad obliga a bajar de la bicicleta en algunas ocasiones. Si se desea, se puede seguir por la carretera, ya que este tramo más dificultoso termina en una de las curvas de la carretera.

Realizamos un trayecto corto en carretera y rápidamente la dejamos para adentrarnos en un precioso bosque que empieza a colorearse de otoño, parece que esta estación ha llegado más pronto en este país. Seguimos el camino y cogemos un pequeño desvío hasta la Torre del Mir, una torre de vigía del siglo XIII. Se puede subir hasta la parte de arriba de la torre para contemplar las vistas, sobre todo las del macizo del Canigó.

Ciclista entre árboles Molló

Retomamos la ruta y nos dirigimos tras una subida por prados hasta Coll Pregon, otro punto entre fronteras. Este paso fronterizo está constituido por caminos ganaderos y goza de mejores vistas que Coll d’Ares. Las luces y los colores desde este punto son impresionantes.

Al pasar este punto, ya solo queda una bajada muy divertida entre prados, bosques y por un bonito pueblo, Espinavell. Después del pueblo, tras un pequeño tramo de carretera, nos desviamos por un camino que nos obliga a bajarnos de la bicicleta y empujarla por una pendiente casi imposible. El camino alternativo a la carretera ha sido cortado al ser propiedad privada y decidimos seguir por un sendero muy difícil. Si se desea evitar este tramo, se puede seguir por la carretera hasta llegar al punto donde hemos iniciado la ruta, Molló. 

El abrazo de las fronteras – Llívia

Si visualizas Llívia en un mapa, verás que se encuentra formando una pequeña “isla” de territorio catalán entre el Pirineo Oriental de Francia. Situado a unos 8 km de Puigcerdá, este pequeño enclave en el extranjero, se comunica con Cataluña por una simple carretera que atraviesa tierras francesas.

El motivo de esta separación geográfica se debe al Tratado de los Pirineos de 1659, que permitió poner fin a la Guerra de los 30 años. España entregó a Francia 33 pueblos de la Cerdaña excepto Llívia. Este pueblo de unos 1400 habitantes en el cual destaca una farmacia que presume de ser la más antigua de toda Europa, ya que fue fundada en el siglo XV. Actualmente, la farmacia se ha convertido en un museo por lo que es posible visitarla.

Ruta del Abrazo de las Fronteras en bicicleta

En esta ruta, no cruzaremos la frontera, pero estaremos muy cerca de ella, y empezaremos desde Err, un bonito pueblo francés con casas de piedra. Si se desea, se puede alargar la ruta y empezar desde la Guingueta d’Ix. Sin embargo, esta variante pasa por carretera y preferimos evitarla, ya que nos acompaña un perro en esta aventura.

Las primeras pedaladas ya nos llevan hacia prados que, gracias a las bajas temperaturas del otoño, ya se van tiñendo de colores ocre, marrones e incluso amarillos. Rápidamente, llegamos a Llo, un pequeño pueblo de unos 170 habitantes famoso por sus baños termales, les Bains de Llo.

Gracias a una fuente natural de azufre, se consigue que te puedas bañar a unos 35º C, incluso en invierno. Con el frío característico de los primeros kilómetros en bici hasta que no coges calor, pasar por delante de estos baños termales nos creó las ganas de querer parar, pero tan solo llevábamos unos 4 km, y era demasiado pronto para hacer una parada larga.

Justo después de pasar por los baños, empezamos la subida progresiva, pero larga, por las Gorges del Segre. Esta subida es ideal para empezar a coger temperatura, algo que hubiéramos pagado por ello hace unos minutos.  Así que, con la subida te ahorras 13 euros que cuesta la entrada y tener que cargar con el bañador y la toalla mojada.

Pedalear junto al río Segre es impresionante. Poder escuchar continuamente el sonido del agua y observar las empinadas paredes de la garganta que obligan al río a cambiar su curso. Seguimos subiendo por la pista, y tras algunas pendientes muy duras llegamos al Refugi de la Culassa. Situado en medio de un prado, el refugio nos ofrece una buena excusa para hacer una pequeña pausa.

Seguimos la ruta, y suerte que hemos cogido fuerzas en este último avituallamiento, ya que las pendientes son aún más intensas que las anteriores. Poco a poco, dejamos atrás los árboles y empezamos a ver prados alpinos, ya que nos vamos aproximando a cotas de 2000 metros.

Tras una última subida, llegamos al Pla de la Creu, a partir de aquí empieza una bajada muy rápida y divertida que se vuelve un poco más técnica cuando empezamos a encontrarnos piedras sueltas en el camino. Después de tener que esquivar algunas vacas que pastan en medio del camino, llegamos al Refugi lliure Camí de Núria, un sitio que cuenta con todos los equipamientos básicos que debe tener un buen refugio: literas, estufa, mesa exterior con buenas vistas e incluso una barbacoa.

Seguimos bajando por pistas que te hacen ganar velocidad rápidamente y llegamos a Err, el pueblo desde donde iniciamos la ruta. Antes de dirigirnos a la furgoneta, visitamos el pueblo y el santuario, que data del siglo X.

La bicicleta adecuada

Descenso de Olga en Molló

Las tres rutas transfronterizas se pueden realizar en bicicleta de montaña, e incluso, en bicicleta gravel. Los caminos suelen ser por pistas forestales en buen estado. Únicamente en la ruta de Molló nos veremos obligados a empujar la bicicleta unos metros por una fuerte pendiente, pero si se quiere evitar este tramo, se puede ir por carretera. 

La mejor época para ir 

Al ser rutas situadas en los Pirineos, es ideal ir a finales de primavera, verano y principios de otoño. Fuera de esta época, es muy probable que nos encontremos nieve.

Únicamente en la ruta de Molló, al no tener tanta altitud, es probable que la nieve no llegue tan pronto como en las otras dos rutas. Si se quiere disfrutar de paisajes marcados por colores verdes intensos de los prados alpinos, lo ideal es ir a finales de junio o julio. Pero si prefiere disfrutar de las mejores luces y de un paisaje con colores otoñales, lo ideal es ir en otoño. 

Preparativos

En la montaña siempre se debe ir bien equipado, pero en los Pirineos, aún más. En esta zona, las predicciones no siempre aciertan (como nos pasó a nosotros en la ruta de Tor), por este motivo siempre se debe ir con una bolsa de bikepacking del sillín o una mochila para poder llevar el impermeable, ropa de abrigo y la comida. 

Aunque son caminos fáciles de seguir, siempre es recomendable llevar un dispositivo gps con los tracks cargados previamente. Perderse en la montaña no es para nada divertido.

Fotografía Xavier Florensa

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