Paola Berber - Alma Andina

Alma Andina Ultracycling Race: Una travesía por el corazón de los Andes

Regresé a Perú por segunda vez para competir en una carrera de ultraciclismo. La primera vez que estuve ahí también fue para una carrera de ultra, así que ya sabía que los Andes podían ser bastante serios. Aun así, cuando vi una ruta de 620 kilómetros con alrededor de 10,000 metros de desnivel, pensé que esta vez sería un reto mucho más manejable.

La ruta tenía aproximadamente 65% de pavimento y 35% de terracería. Para mí, la distancia parecía suficiente para sentir que era un verdadero ultra, pero todavía dentro de lo razonable. A principios de ese año había pasado por un periodo complicado con mis riñones y mi recuperación había sido lenta. Apenas estaba empezando a sentirme cómoda exigiéndome sobre la bicicleta, así que quería competir, pero no estaba buscando algo innecesariamente brutal. Seiscientos veinte kilómetros me parecían un buen equilibrio: lo suficientemente largos para desafiarme, pero no tanto como para llevarme a hacer algo para lo que todavía no estaba preparada.

Había solo 20 corredores en la lista de salida y éramos apenas cuatro mujeres. Cooper, mi pareja, y yo éramos los únicos extranjeros. Me emocionaba el carácter pequeño de la carrera y la posibilidad de compartir el camino con ciclistas peruanos, muchos de ellos recorriendo estas montañas en su propia casa.

Para mí, además, significaba algo nuevo. Era la primera vez que competía como mujer en solitario fuera de México. Había pasado mucho tiempo aprendiendo a ser autosuficiente sobre la bicicleta, pero sentirme realmente segura estando sola allá afuera ha sido un proceso. Así que incluso antes de la salida, sabía que esta carrera iba a significar algo más para mí que simplemente terminar otra carrera.

La ruta comenzaba y terminaba en Cusco, formando una especie de ocho alrededor de la zona de la Reserva del Ausangate, una de las montañas sagradas de la región. Nos llevaría por algunas de las zonas más altas y remotas de los Andes, incluyendo el Abra de Jahuaycate, a 5,070 metros, seguido de aproximadamente 20 kilómetros de altiplano por encima de los 4,900 metros.

Yo solo quería hacer una buena carrera en tres días. No tenía idea de todo lo que iba a pasar en esos 620 kilómetros.

De Cusco a Ocongate: Marcando el tono de una carrera difícil

La carrera comenzó el 19 de julio a las 4:00 a.m. Hacía frío cuando salimos de Cusco y la temperatura bajó todavía más mientras subíamos para salir de la ciudad. La primera subida a Abra de Corao fue relativamente rápida; después comenzó el descenso hacia Pisac, en el Valle Sagrado.

Con la salida del sol, desde la subida finalmente pude ver las terrazas incas alrededor de los montes que rodean Pisac. Eran increíbles. Continué subiendo hacia el Abra de Chahuaytire, el primer paso por encima de los 4,000 metros (13,123 pies). No había tenido mucho tiempo para aclimatarme antes de la carrera, así que hacía todo lo que podía para lidiar con la altura: mantenerme hidratada, masticar hojas de coca y esperar que fuera suficiente.

Y, sorprendentemente, me estaba yendo muy bien. Durante un rato incluso iba liderando la carrera. Fui la primera mujer en llegar al paso y después comenzó el descenso hacia Paucartambo, un pequeño pueblo muy bonito, con detalles blancos y azules por todas sus calles, en donde había mucha gente y caos, ya que se celebraba a la Virgen del Carmen.

Alma Andina - Paucartambo, Perú

Tenía muchísima hambre, de esas veces en las que ya quieres sentarte en un restaurante a comer con calma. Pero no quería perder tiempo, así que solo compré unas galletas y electrolitos para seguí pedaleando.

No me quedé mucho tiempo porque tampoco quería arriesgarme a que las chicas me alcanzaran. En ese momento iba primera entre las mujeres y, aunque todavía faltaba muchísimo para terminar, no quería regalarles tiempo. Así que me apresuré, pero ya en retrospectiva, debí haber parado.

El tramo de Paucartambo a Ocongate se sintió eterno. La mayor parte era terracería, con subidas y bajadas constantes que poco a poco me fueron desgastando. El camino estaba lleno de polvo y para entonces ya empezaba a sentir el cansancio acumulado. Probablemente lo mejor de todo el tramo fue ver el pico del Ausangate a lo lejos. Fuera de eso, las subidas se sentían brutales. Finalmente, al atardecer, llegué a Ocongate.

Además de todo, tenía el periodo y todavía era bastante intenso. Quería seguir avanzando, pero al mismo tiempo lo único que podía pensar era en bañarme y lavar mi bib. Así que cambié mi estrategia y decidí quedarme en Ocongate. Necesitaba descansar, bañarme y lavar mi bib, y ahí me encontré con mi pareja Cooper. Tuvimos suerte y compartimos la última habitación disponible, con agua caliente.

Vi a Cooper bastante mal. Se había caído por Paucartambo y tenía toda la rodilla inflamada, y la altitud tampoco le había sentado muy bien. Le recomendé quedarse a descansar otro día para recuperarse y no arriesgarse en el camino.

Yo ya venía cargando bastante falta de sueño por el viaje desde México, la escala en Lima y después el vuelo a Cusco, así que también necesitaba descansar. Mi plan para el día dos era dormir bien para que el día tres pudiera dar un jalón largo. Nos dimos una ducha larguísima y nos fuimos a dormir sin poner alarma para la mañana siguiente.

De Ocongate a Pitumarca: Recuperación activa

Alma Andina - Paola Berber

Me desperté alrededor de las 7 a.m. y empecé a alistarme para salir. Cuando vi a Cooper, sin embargo, era bastante evidente que estaba muy mal. Entre la altura, la rodilla lastimada y lo que parecía ser el comienzo de una gripe, no estaba en buenas condiciones. Le recomendé que se quedara en Ocongate al menos otro día. No tenía sentido arriesgar su salud solo por seguir avanzando.

Me fui al centro del pueblo a desayunar y vi cómo Ocongate poco a poco empezaba a despertar. Encontré a una señora con un pequeño puesto de comida y terminé comiendo uno de los mejores desayunos de toda la carrera: papas, arroz y un huevo cocido por cinco soles. Me quedé un rato platicando con ella mientras el pueblo empezaba a cobrar vida.

Finalmente salí alrededor de las 8:30 a.m., cuando ya había salido bien el sol. Me sentía descansada y notablemente mejor que el día anterior.

También había decidido mantener el día dos relativamente tranquilo. Mi plan era llegar solamente hasta Pitumarca, unos 110 kilómetros (68 millas), y pasar la noche al pie de la subida al Abra de Jahuaycate, a más de 5,000 metros sobre el nivel del mar. A la mañana siguiente me despertaría en plena madrugada para enfrentar el altiplano y el Abra de Jahuaycate, a los 5,000 metros. El día dos sería fácil, pero el día tres lo daría todo.

No volvería a ver a Cooper hasta cuatro días después, cuando ya estuviéramos de regreso en Cusco. Él tendría su propia odisea para llegar hasta allá.

El camino de Ocongate a Pitumarca fue bastante tranquilo. Era principalmente pavimento, mucho sol y no había demasiado que contar. Durante buena parte del recorrido seguí un río, con algunas vistas muy bonitas, y me encontré con algunos de los otros corredores en el camino.

Lo único que me llamó la atención fue que mi desviador electrónico empezó a fallar. Siempre llevo una batería de repuesto completamente cargada, así que la cambié, pero seguía sin responder bien. Revisé los shifters y me di cuenta de que uno de ellos tampoco parecía estar funcionando. Le cambié la batería, lo intenté de nuevo y, de alguna manera, todo empezó a funcionar. Fue extraño, pero parecía estar bien, así que seguí.

Fuera de eso, el día consistió principalmente en sobrevivir al calor que salía del pavimento y seguir sumando kilómetros. Llegué a Pitumarca alrededor de las 5 p.m., comí bien y empecé a prepararme para pasar la noche. El plan era estar dormida a más tardar a las 7 p.m. Quería despertarme alrededor de las 2 a.m. y comenzar el verdadero reto: cruzar el altiplano a 5,000 metros de altura.

De Pitumarca a Sicuani: Vistas al Ausangate, mal de altura y el día que todo salió mal

Me desperté a las 2:00 a.m. y empecé a prepararme para salir. Me tomó un poco de tiempo despertar bien y terminar de alistarme, pero afuera hacía muchísimo frío, así que me puse prácticamente todas las capas de ropa que había llevado.

Finalmente salí alrededor de las 3:30 a.m. y empecé el ascenso. El camino de tierra estaba completamente tranquilo. Solo se escuchaba el río y, de vez en cuando, algún perro que me ladraba desde lejos. Era una soledad muy bonita.

Sentí que entré en una especie de trance. Escuchaba cumbia colombiana mientras subía y la verdad no pensaba demasiado. Solo seguía pedaleando.

Eventualmente dieron las 7 a.m., que creo que fue la hora más fría. Para entonces mis labios ya estaban destrozados por el viento. Paré a reabastecerme en Chilca y me preparé para lo que seguía. Cada vez estaba más cerca de los 5,000 metros.

Ahí me encontré con el crew de video. Platiqué unos minutos con ellos mientras estaba en la tienda y después seguí mi camino.

A partir de ahí sentí que había entrado en un mundo de alpacas. Era increíblemente bonito. También empezaron a aparecer las vistas del Ausangate y otros picos imponentes alrededor.

Cada vez se hacía más difícil seguir avanzando. Masticaba hojas de coca con la esperanza de que me ayudaran a evitar cualquier problema con la altura. La belleza de esos valles de montaña me hacía llorar de repente. Sentía un privilegio enorme de poder estar ahí. A veces caminaba, a veces rodaba muy despacio, pero seguía subiendo.

Seguía en un trance muy curioso, difícil de describir. Parecía un sueño de lo raro que se sentía mi cuerpo. Todo se sentía extraño, pero al mismo tiempo yo estaba muy enfocada en seguir avanzando.

Nunca había estado por encima de los 4,700 metros. Cuando pasé esa barrera, todo se sentía diferente. Estaba en hiperfoco: tenía frío, luego calor, estaba cansada, pero estaba decidida a llegar arriba.

A eso de las 10:30 a.m. finalmente llegué al Abra de Jahuaycate, a 5,070 metros sobre el nivel del mar.
Le agradecí a la montaña por haberme dejado llegar con buen clima. Lloré un poco y pensé en mi papá. Me quedé ahí unos momentos, simplemente sintiendo lo que tenía que sentir.

También me encontré con la organización de la carrera y el crew de video. Compartimos unas palabras y después seguí mi camino. Fue agradable encontrar gente ahí que pudiera dar cuenta de lo que estaba viviendo, en medio de la “nada”.

Pensé que lo que seguía sería más fácil, pero todavía faltaba cruzar el altiplano. Ahí era puro subir y bajar, pero me mantuve alrededor de los 4,900 metros durante horas.

Todo el segmento del altiplano empecé a parar mucho. Me sentía muy pesada, mareada y frágil. Era duro. También era increíblemente bonito, pero justamente ese contraste hacía que todo se sintiera todavía más extraño. A lo lejos se veía el imponente glaciar de Quelccaya, mientras yo avanzaba muy lentamente por ese altiplano.

Creo que incluso estaba alucinando un poco. Por algún motivo me entró una urgencia enorme de querer bajar, pero no era tan sencillo. No había una bajada directa y todavía quedaban muchas subidas, bajadas y falsos planos por delante.

Finalmente, alrededor de la 1:30 p.m., llegué a una laguna muy bonita y por fin empezaba la bajada real.
Tenía guardado un sándwich de palta para ese momento, así que me lo comí junto a la laguna y después empecé a descender.

La bajada fue dura, y más porque llevaba mi bici de gravel con llantas de 40 mm. Por alguna razón pensé que era una buena idea, pero en esa bajada me di cuenta de que no lo era. Había mucho rebote, tierra y polvo, y me empezaron a doler las manos.

Y entonces, alrededor de las 4:00 p.m., pasó algo que no me esperaba. Mi desviador electrónico dejó de hacer cambios. No respondía. Ni el botón ni nada. Lo que más raro se me hacía era que esa misma mañana le había puesto una batería recién cargada.

Todavía me faltaba una subida de unos 200 metros, pero yo estaba en shock. No podía creer que mi bici simplemente no respondiera. Tenía hambre, estaba cansada y no sabía muy bien qué hacer. Regresé a una tienda que había visto antes, me senté un momento, tomé agua y lloré. No estaba procesando lo que estaba pasando. No tenía internet y tampoco había mucho que pudiera hacer ahí. Solo había un valle de montaña, algunas construcciones y ganado. Así que decidí caminar.

Alma Andina - Berber Poli

Caminé durante unas dos horas. En el camino me encontré con Cecilia, que iba en tercer lugar. Por algún motivo se había equivocado y estaba bajando nuevamente la subida. La detuve y se dio cuenta de que iba mal en la ruta. Lloró, y terminamos llorando juntas un poco. El cansancio y el error del camino seguramente se le habían juntado. Se dio la vuelta y continuó.

Yo seguí caminando y alcancé a ver la puesta de sol. Era muy bonita, pero yo me sentía como una tonta.
Mientras caminaba, empecé a pensar que quizá el problema había sido el cable Micro USB con el que había cargado mis cosas.

Para poner un poco de contexto, mi viaje a Perú había sido bastante atropellado. Había perdido mis cables y no me di cuenta hasta que llegué a Cusco, así que el día antes de la carrera compré un cable nuevo en un mercado de tecnología. Cargué todas mis cosas y todo aparecía en verde, como si estuviera completamente cargado.

Pero en ese momento me di cuenta de que quizá nada de lo que había cargado con ese cable se había cargado bien. Mi luz marcaba verde, pero no prendía. Y probablemente lo mismo había pasado con las baterías del desviador.

Entre la vergüenza y la pena, logré llegar finalmente al descenso hacia la carretera. Ya estaba casi oscuro, y tuve que bajar prácticamente a oscuras porque mis luces tampoco habían cargado bien.

Cuando llegué a la carretera tuve que tomar una decisión: podía seguir otros 35 kilómetros hasta Combapata o desviarme apenas cinco kilómetros hacia Sicuani, que se veía como una ciudad más grande. Me fui a Sicuani.

Para entonces ya estaba pensando seriamente en renunciar. Me sentía derrotada por la situación, honestamente. Pensaba que este sería mi primer DNF y, en ese momento, lo acepté.

Se suponía que ese día iba a rodar durante 24 horas con todo lo que traía. Iba a darlo todo para intentar terminar la carrera en tres días. Para eso me había estado preparando. Y en lugar de eso, había pasado horas caminando, perdiendo tiempo en la altura porque mi bicicleta había dejado de funcionar. Nada de lo que había planeado estaba saliendo como esperaba.

De Sicuani a Cusco: Volver a la carrera

Después de sentirme tan decepcionada por todo lo que había pasado, me enteré de que Cecilia había hecho DNF. Yo estaba a punto de hacer lo mismo, pero si lograba terminar ese día, sería el tercer lugar entre las mujeres. Honestamente, no sentía que me lo mereciera.

Me quedé mucho tiempo pensando qué hacer. Hablé con mi familia y con algunos amigos, y muchos me alentaron a seguir. ¿Qué podía perder? El plan no había salido como esperaba, pero ya estaba ahí, me faltaban unos 200 kilómetros y ya había pasado por la parte más difícil.

Después de darle muchas vueltas, decidí que, por lo menos, podía intentar resolver el problema.
En Sicuani busqué otro cable Micro USB. No tenía muchas esperanzas de que funcionara, pero le di una oportunidad y lo puse a cargar desde mi power bank. Desayuné un caldo de gallina y esperé.

Alma Andina

Para entonces ya llevaba rato sin tomar fotos ni grabar video. Estaba tan desconectada de la idea de cómo se suponía que debía ir la carrera que ya ni siquiera estaba documentando. Solo quería entender qué hacer y si realmente valía la pena seguir, especialmente si eso significaba llegar un día después de lo que había planeado.

Después de esperar un rato, revisé la batería y, para mi sorpresa, había cargado. La luz volvió a prender.
La probé y, de alguna manera, parecía estar funcionando. Todavía no entendía bien qué había pasado, pero por lo menos tenía una bicicleta que funcionaba otra vez. Después de darle demasiadas vueltas al asunto y seguir sintiéndome un poco tonta por toda la situación, finalmente lo dejé ir.

A eso de las 10:30 a.m. volví a subirme a la bicicleta y, pues… seguí. Ya solo me faltaba el circuito de las lagunas. Pensé que sería mucho más rápido, pero terminó siendo muy bonito. Pasé por el pueblo de Túpac Amaru, llamado así en honor a Túpac Amaru II, el líder indígena que encabezó una de las mayores rebeliones contra el dominio colonial español en los Andes a finales del siglo XVIII.

Intenté disfrutar esos últimos 200 kilómetros lo más que pude. Paré lo menos posible y fui prácticamente sola, a mi propio ritmo. En algún momento estuve muy cerca de cruzarme con una pareja que terminaría en tercer lugar, pero de alguna manera nunca nos vimos.

Eventualmente llegué al tramo feo de carretera que ya había recorrido en sentido contrario al inicio de la carrera. Empezó a anochecer y yo solo quería terminar con esa parte.

Llegué a Urcos alrededor de las 8 p.m. Luigi, el organizador de la carrera, me mandó un mensaje para preguntarme si iba a llegar esa noche a Cusco.

—Sí —le dije.

Ya no podía esperar más. De Urcos a Cusco casi no paré. Solo me detuve en una tienda para comprar coca y seguí.

Cuando llegué a Pisac no lo podía creer. Ya estaba muy cerca. Solo me faltaba subir otra vez al Abra de Corao. Y se me hizo eterna.

Ya eran alrededor de las 11 p.m. y hacía muchísimo frío. En algún momento llegó la policía y me dijo que me subiera a su vehículo porque era peligroso seguir pedaleando de noche. Les agradecí, pero les dije que no. Quería seguir. Así que seguí subiendo.

Estaba muerta de frío. Esta vez ni siquiera todas mis capas eran suficientes. Ya me estaba quedando dormida sobre la bicicleta y, honestamente, empezaba a estar un poco harta de todo. Estaba tan cerca, pero al mismo tiempo estaba agotada, congelada y con dolor.

La subida al Abra de Corao se me hizo eterna. Pero eventualmente llegué hasta arriba. Para entonces mi ciclocomputador ya se había quedado sin batería, mi power bank estaba vacío y mis luces delanteras apenas alumbraban. Pero ya nada de eso importaba. Cusco estaba de bajada.

Alrededor de la 1 a.m., después de 92 horas en ruta, finalmente llegué a Cusco, terminando la carrera en tercer lugar. Algunos corredores y parte de la organización estaban ahí esperándome. Fue una manera muy bonita de terminar: ver gente ahí para recibirme, a miles de kilómetros y en un país lejos de casa.

Lo que Alma Andina me enseñó

Siendo muy honesta, no sé por qué pensé que esta carrera iba a ser más fácil y rápida. Seiscientos kilómetros no suenan tan intimidantes. Pero cuando le sumas pasos por encima de los 5,000 metros, horas rodando por encima de los 4,900 metros y largos tramos de terracería completamente remotos, se convierte en un reto completamente diferente.

A pesar de todo lo que pasó, estoy bien con cómo terminó la carrera. Más que nada, me reafirmé que puedo resolver problemas. Las cosas no siempre van a salir como las planeaste. Se puede romper la bicicleta, tu cuerpo puede no responder, puedes cometer errores y, a veces, lo mejor que puedes hacer es parar, reevaluar la situación y cambiar el plan.

Alma Andina - Meta

También aprendí que empujar más fuerte no siempre es la respuesta. A veces necesitas descansar antes de decidir que ya no puedes más. Y a veces necesitas hacer a un lado el ego, permitirte ser vulnerable y aceptar que la carrera que imaginaste no es la carrera que vas a tener.

Me alegra haber podido superar la vergüenza que sentí por lo que había pasado y seguir adelante. Estuve muy cerca de tener mi primer DNF, aunque no creo que haya nada malo en hacer un DNF. Pero para mí hubo algo valioso en darme cuenta de que podía dejar de lado las expectativas que me había puesto y simplemente ir resolviendo las cosas conforme se fueran presentando.

Quizá eso es lo que Alma Andina terminó significando para mí. No solo las montañas, la altura o el paisaje, sino aprender a adaptarme a lo que los Andes te ponen enfrente, dejar ir el plan cuando es necesario y encontrar una manera de seguir adelante, incluso ante la adversidad.

Creo que eso es lo que más me gusta de los ultras. Nunca sabes realmente qué va a pasar. No siempre tienes la carrera que querías, pero en algún punto del camino descubres de lo que eres capaz.

PEDALIA
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